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Pregón Semana Santa Andorra 2026 pronunciado por Rosana Ginés Alquézar

28 Mar 2026

Buenas tardes a todos.

Sr. Alcalde, Sr. Párroco, Comandante del puesto de la Guardia Civil, Miembros de la Corporación Municipal, Presidente y miembros de la Junta Local de la Semana Santa, Presidente y miembros de la Junta de la Cofradía del Cristo de los Tambores y Bombos, Presidente de la Ruta del Tambor y Bombo, Representantes de todas nuestras cofradías, Familiares, amigos y andorranos todos.

Gracias por vuestra asistencia y por querer acompañarme en este día tan especial para mí.

Antes de comenzar, quiero agradecer de corazón las felicitaciones y muestras de cariño que he recibido desde que se supo que iba a ser vuestra pregonera. Han sido muchísimas. Me he sentido muy arropada.

Continúo poniendo en valor el trabajo conjunto de todos, para que nuestra Semana Santa luzca como merece y sea todo un referente. Os animo a seguir en esta misma línea, trabajando codo con codo y con la misma ilusión, para mejorar día a día y mantener siempre viva nuestra tradición.

Y, por supuesto, lo siguiente es agradecer de nuevo a la junta de la Cofradía del Cristo de los Tambores y Bombos por haber sido ellos quienes me eligieron y en su día me propusieron. E igualmente, quiero dar las gracias a la Junta Local de la Semana Santa por aprobar esa elección y confiar en mí.

Me siento inmensamente feliz por el gran honor que se me ha otorgado. Ser la voz que dé comienzo a nuestros días más sentidos es un regalo increíble; un regalo que asumo con muchísima ilusión y con todo el respeto que nuestra tradición merece.

La noticia llegó por teléfono. Me pilló trabajando, a última hora de la tarde. Acababa de dar mi ronda final. Era Aitor, pero primero escuché la voz de Sergio Blasco puesta en altavoz. Él fue quien me lanzó la proposición.

Mi reacción fue un «¡Madre mía!» infinito. ¡Madre mía! ¡Madre mía! (precisamente ese día era el cumpleaños de mi madre) y luego unas lágrimas que escapaban solas. Entonces, a través del teléfono, escuché voces y risas. Eran todos los miembros de la Junta de la Cofradía del Cristo. Me habían preparado una pequeña y cariñosa «encerrona» para ser testigos, todos a la vez, de mi sorpresa… y de mi respuesta, que como no podía ser de otra manera, fue que sí.

Sin embargo, en cuanto colgué y volvió la calma al turno de trabajo, empecé a tomar conciencia de lo que aquello significaba. Me invadió la responsabilidad. Aparecieron nervios, inseguridad y esa preocupación que me ha acompañado desde entonces: ¿sabré estar a la altura de lo que mi pueblo merece?.

Siento un orgullo inmenso por mis raíces; soy andorrana de corazón, y nada me hace más feliz que contribuir a que nuestras tradiciones sigan latiendo con fuerza. Este sentimiento me ha acompañado desde siempre.

Ya en 1997 —hace casi treinta años—, fui elegida Real Moza de la Peña El Cachirulo; un nombramiento que se convirtió, además, en el mejor homenaje para mi abuelo materno, Florentín ‘el Gallán’. Él había fallecido de manera repentina justo el mes anterior, con solo 72 años.

Llevar esa banda fue una forma de tenerlo presente, recordando su implicación y su entrega a la Peña El Cachirulo desde sus inicios. Fue una vivencia que guardo con muchísimo cariño; quienes quisieron que yo lo fuera, os llevo en mi corazón.

Ahora la vida me regala este nuevo momento; y me encuentro aquí, con la misma ilusión de entonces por volver a representar a mi pueblo.

Mi forma de sentir Andorra nace sencillamente de una infancia que fue preciosa. Y en ella, la Semana Santa se ha vivido con mucha dedicación.

Es una entrega que recorre mi árbol genealógico, ya que mi familia ha venido perteneciendo a dos cofradías con una antigua trayectoria, la cual seguimos manteniendo viva hoy: María Magdalena por parte de mi madre y la Oración del Huerto —nuestro ‘Angelico’— por parte de mi padre.

De bien pequeña procesionaba junto a mi hermano y mis primos, David y Sergio, en María Magdalena. Nos saltamos el birrete y fuimos directos al capirote. Nos poníamos dos en cada fila, siempre con la ilusión de ser los primeros. Y discusión asegurada entre nosotros para ver quién encabezaba la marcha, con la condición de que la procesión del Viernes Santo sería al revés.

Recuerdo que, durante el transcurso de las procesiones, no podía evitar levantarme el capirote cada vez que veía a alguien conocido. Me sentía importante acompañando a la Santa y, en mi ilusión de niña, solo quería que supieran que esa pequeña que caminaba bajo el capirote… era yo.

Continuaron años de infancia saliendo en la Santa junto a mi prima y amiga Raquel y a mi amiga Magdalena.

Años más tarde, ya de jovencita, comencé a procesionar en el ‘Angelico’ junto a mi padre. Y ahí me quedé, con la intención de mantener en él la presencia de mis raíces paternas. Cambió mi paso, pero no el sentimiento.

De esos momentos, me quedo con los buenos raticos que compartimos tras la procesión del Santo Entierro. Es entonces cuando trasladamos el paso a la cochera de Lucía. Allí, rodeados de los nuestros, hacemos una pequeña oración y disfrutamos de las tortas y el moscatel a cuenta de los mayorales de ese año. Comentamos todo lo acontecido, saboreando el final de la procesión con la satisfacción del deber cumplido.

Este año, la pérdida triste y reciente de Antonio Querol —gran cofrade y persona muy activa en nuestra Semana Santa— va a hacer que sea un momento muy especial. Él, a través del grupo de WhatsApp de la cofradía, me transmitió su enhorabuena y sus buenos deseos. DEP Antonio.

Recuerdo que mi primer contacto con un tambor —tendría yo unos 9 añicos—, fue el que me colocó mi tía Alegría. Ella hace algo más de un año que nos dejó. Sé que nuestro cariño era mutuo y ahora estaría aquí, en primera línea, disfrutando orgullosa del pregón de su sobrina.

Ese tambor era el primero de mi primo Ángel Tomás. Ese que luego fue pasando por todos. Mi tía, que amaba tanto su pueblo natal y su Semana Santa, fue quien me animó a salir en mi primera procesión con tambor.

Me colocaron una túnica y allí que fui con mi prima y amiga querida Eva. Pero no iba muy convencida. Veía que el tambor era algo pequeño para la edad que ya tenía. No quise decir nada y me tocó pasar un poco de vergüenza.

Al año siguiente fue cuando mis padres bajaron a Calanda y nos compraron a mi hermano y a mí nuestros primeros tambores. El mío, todavía lo conservo. También recuerdo con especial cariño que mi tía Flora y mi tío Efi (mis padrinos) me regalaron mi primera túnica. Con mi propio tambor y mi túnica nueva, mi lugar en nuestra Semana Santa terminó de redondearse.

Fue entonces cuando empezaron las primeras salidas y se fueron forjando aquellas amistades de la infancia; años en los que surgieron los primeros toques en cuadrilla y las primeras procesiones compartidas entre amigos y amigas. Aquellos maravillosos años con mi Quinta del 77, amigos y amigas del Colegio Ibáñez Trujillo. Sirva este pequeño guiño para todos los que compartisteis conmigo aquellos primeros redobles y nuestras primeras vivencias de niñez bajo las túnicas.

Desde entonces y hasta ahora mis amigas de siempre, las que han caminado a mi lado hasta el día de hoy; y hoy están aquí conmigo y las que no, en mi corazón.

¡Zurricacheras, os adoro!.

Y si tengo que hablar de pasión verdadera por el tambor, tengo que hablar de mi hermano, Jose Luis «el conejo». Él ha sido, desde que éramos niños, mi gran referente; quien cada año me recordaba los toques y la forma exacta de coger los palillos. Le recuerdo desde muy pequeño en la Banda de los Azules, con aquel tambor que le prestó Miguel, y más tarde en Los Romanos, compaginándolo durante años con su grupo de ‘Los Rebeldes’.

Verlo ensayar sintiendo el latido del tambor como algo propio me enseñó que esta pasión es algo que te define y que se cultiva desde la niñez.

Observándole aprendí que, en Andorra, el tambor y el bombo no sólo se tocan… se sienten. Su constancia me enseñó a respetar nuestro sonido. Gracias a su ejemplo, aquel tambor que al principio me dio algo de ‘apuro’, acabó siendo este sentimiento que hoy nos une a todos bajo la misma túnica.

En mi casa, como en tantas otras de Andorra, la Semana Santa transformaba cada rincón. El salón era nuestro cuartel general antes de subir a la Plaza de la Iglesia. Se convertía en una auténtica exposición y baile de túnicas: mi madre las colgaba de la librería una vez planchadas, todas extendidas y bien puestas. Allí se mezclaban los distintos colores de las tres cofradías: Azul/Blanco, Morado/Granate y Negro/Rojo; todas listas para salir.

Entre capirotes, faroles, tambores, guantes y cíngulos, cada uno se preparaba para su misión: mi padre fiel a su Angelico y mi madre a su Magdalena. Mi hermano iba directo a la Casa de Cultura a vestirse con los Romanos. Y mi hermana, que de pequeña se vestía de Magdalena, a día de hoy, alterna las dos imágenes según le dicta el corazón.

Eran días de un ajetreo delicioso, donde la cocina no paraba. Aún puedo oler esas judías de ayuno con almejas y gambas, el bacalao, la zarzuela o los huevos rellenos. Y por supuesto, la tortilla de patata… ¡siempre riquísima!. No podía faltar; era lo que nos daba la vida al volver de las procesiones. Pero, sobre todo, esas torrijas tan típicas de estos días… ¡Mamá… qué ricas!.

Mis padres… Papá, mamá… gracias infinitas por estos valores transmitidos a mis hermanos y a mí. Gracias por enseñarnos a honrar la herencia de nuestros mayores y por ayudarnos a mantenerla viva. De no ser así, yo ahora no estaría aquí.

¡Os quiero mucho!.

Y a ti, Celia, mi hermana pequeña… Al igual que desde que eras una niña te he llevado de mi mano en las procesiones, enseñándote a sentir el sonido del tambor, quiero que sepas que estaré siempre aconsejándote si así lo necesitas y caminando juntas en todo lo que la vida nos traiga.

Pero si hay alguien que ha caminado a mi lado en cada paso de esta historia, ese es Justo, mi marido. Gracias por abrazar mi tradición como tuya desde que éramos novios y pasar a ser miembros de la cofradía una vez casados. Gracias por compartir conmigo este compromiso y ser mi compañero de túnica. Pero sobre todo… gracias por ser mi compañero de vida. Qué suerte tenemos de ser los dos del mismo pueblo y que a los dos nos tire por igual nuestra tierra. Gracias por todos esos viajes compartidos de ida y vuelta. ¡Te quiero con locura!.

Y junto a ti… ellos. El motor de nuestras vidas. Pablo, Marina… estamos muy contentos de que Andorra sea una de vuestras prioridades. Nada me hace sentir más orgullosa que veros participar de lo nuestro. ¡Sois mi vida entera!. Todos juntos formamos un gran equipo.

Silvia, mi cuñada, gracias por estar hoy aquí, tan cerquita de mí. Adrián, Iván… mis queridos sobrinos, ¡os adoro!.

Y aquí no me olvido de mi suegra. Desde que entró en mi vida, ella ha sido las manos que se encargan de coger los dobles, de planchar cada pliegue y de que nuestras túnicas luzcan siempre perfectas. Pero no solo en Semana Santa; su pasión por la costura nos ha vestido durante todo el año, desde la ropa de la peña hasta los trajes de baturros o los de íberos. Manolita, gracias por esa dedicación silenciosa y por cuidar tan bien de nosotros y de nuestras raíces a través de tu aguja.

Y esta pasión es la que nos hace ser embajadores de nuestra tierra allá donde estemos. Viviendo en Madrid, nunca olvidaré la emoción que sentí el día que representé a mi Angelico en FITUR. Fue hace dos años, cuando me tocó ser una de los mayorales. Acompañada de Justo, recuerdo la impaciencia que tenía por ver aparecer el autobús de mi pueblo. ¡Qué orgullo ver bajar a representantes de todas nuestras cofradías con sus estandartes! —entre ellos mi Santa y mi Angelico— y al grupo de la Estación, que representaba a nuestros tambores y bombos, todos acompañados de Rafa, nuestro querido Alcalde, Aitor y la Presidenta de la Junta local de entonces, Pilar.

Y entre el grupo de la Estación, ella, mi otro gran referente del toque: mi amiga zurricachera de la infancia, Yolanda Sauras, tamborilera de cuna. Ella y mi amiga Bibiana han sido, y son, las ‘profesionales’ de nuestra cuadrilla.

¡Oye! qué día tan bonito pasamos en FITUR. Inolvidable recuerdo.

Y para inolvidables recuerdos, los vividos en las ‘Pascuicas’. Al llegar el Domingo de Resurrección, se abre paso a uno de los días más esperados por todos nosotros. El murmullo se traslada al campo con las roscas de Pascua… y los ‘mases’ se llenan de vida.

Mis primeros recuerdos son los vividos con mis padres y su cuadrilla, la Peña ‘El Ripio’. Allí, entre juegos al aire libre, crecimos todos los hijos creando recuerdos maravillosos en pleno corazón de ‘el Cenallo’. Esos días de campo aprendí que la base de nuestras costumbres es la unión y la buena convivencia. Llegaron las primeras Pascuicas solo con amigas, todavía jovencicas. Días de risas infinitas y muchas confidencias, la mayoría en el entorno de ‘la Balsa Juncalvo’, lugar de mis raíces paternas.

Hubo Pascuicas sonadas, en esa edad en la que ya nos creíamos ser mayores.

Ya en tiempos de instituto, las Pascuicas terminaban en la discoteca, y allí nos juntábamos todos al final del día. Continuaron esas en las que tuvimos visitas de chicos, pues iban surgiendo los distintos amores.

Las siguientes, ya fueron las compartidas con ellos, pero sin faltar nunca las pipas y los ganchitos.

Y ellos son mi gente de hoy, los que han estado en cada paso dado desde nuestros tiempos de instituto. Mi familia elegida, con los que nuestras tradiciones cobran todo su sentido. Porque al final, lo bonito de volver a casa es tener a los mejores a mi lado para compartirlo.

Bochincheros, bochincheras, ¡os quiero mucho!.

Para terminar, quiero mencionar a mi yaya materna, Manuela, y a mi tía Rafaela (hermana de mi padre), ambas fallecidas este pasado mes de enero.

Mi yaya, con casi cien años de vida, fallecía en su descanso nocturno. Ella ha sido cofrade de María Magdalena toda la vida.

Y mi tía Rafaella que nos dejaba con setenta y ocho años; estaba delicada, pero no esperábamos su muerte. Ella me llamó justo el día anterior para felicitarme por esta noticia… se me adelantó. Me quedo con eso y con su dulce muerte.

Guardo fotos en las que sale ella en su juventud junto a mi yaya Adela y mi tía Herminia adornando a nuestro Angelico con laurel.

El recuerdo de ambas me acompañará siempre.

Y ahora sí….

Con el orgullo de ser andorrana y los sentimientos a flor de piel, doy paso al comienzo de esta Semana Santa 2026.

Que redoblen los tambores, que suenen con fuerza los bombos y que las imágenes luzcan preciosas al paso firme de nuestros Romanos; con el toque de sus cornetas, el latido de sus timbales y el chasquido de sus lanzas.

Animo a la participación y a salir a la calle para vivir de cerca cada una de las procesiones.

Todo con respeto, devoción y admiración a lo que somos.

¡Feliz Semana Santa!.

Muchísimas gracias a todos.

Rosana Ginés Alquézar.

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