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Entrevista con el pregonero de la Semana Santa de Andorra 2017, Albino García Abellán

08 Mar 2017

Aunque resulte una pregunta tópica ¿qué sentiste cuando te comunicaron la propuesta de ser pregonero de la Semana Santa de Andorra?

Fue una mezcla de sensaciones difíciles de explicar. Por un lado, una indescriptible felicidad regada con muchísima Ilusión.  Fue un momento muy especial para mí, sin duda.  La llamada de Fernando Galve, presidente de la Cofradía del Cristo de los Tambores, la recordaré siempre.  Cada palabra que cruzábamos en aquella conversación, me iba ilusionando un poco más, pero, al mismo tiempo, me invadió una tremenda tristeza porque mi propuesta como pregonero viniera, casualidades de la vida, el año en el que ya no podía compartirlo con mis padres.  Mi madre, Manuela, murió en Febrero de 2013 y mi padre, Albino, desgraciadamente, nos dejó el pasado mes de junio. Pensaba en cómo hubieran vivido todo ésto.  Para ellos, que vivían nuestra Semana Santa de una forma tan activa, que yo fuera este año el pregonero, hubiera sido, sin duda, una enorme satisfacción y se hubieran sentido tremendamente orgullosos.  Cuando lo hablé con mi hermana, Pilar, a ella se le saltaron las lágrimas porque lo primero que le vino a la mente fue también su recuerdo.  Y aunque siempre había soñado con poder ser alguna vez el pregonero, fue su recuerdo lo que más me animó a aceptar.

Resides hace ya muchos años en Mérida. ¿Llegan hasta allí los ecos de la Semana Santa de esta zona de Aragón, de la Ruta del Tambor y Bombo?

Los medios de comunicación han hecho mucho porque se conozca y todos los años aparecen imágenes de nuestras Rompidas, como el acto más representativo  de nuestra Semana Santa.

A título personal, dado que, desde muy pequeño, salí de Andorra para estudiar en varios puntos de España (Valencia, Huesca, Zaragoza y, finalmente, Mérida), siempre que me han dejado, la he divulgado a todo el que ha querido escucharme.  No en vano, todo el que me conoce siempre habla de “Andorra, sí, la de Teruel”, porque es una de las muletillas que siempre he utilizado en mis escritos.

He desarrollado mi labor de “embajador” de Andorra por donde quiera que haya vivido y dado que en Mérida llevo ya más de 30 años, año tras año he tratado de “achicar” la distancia que nos separa.  Conocen que existe una Andorra, en Teruel, que nada tiene que ver con la del Principado, donde tenemos una peculiar forma de entender la Semana Santa.  Saben que no hay aquí, en Mérida, tambores tan buenos como los de allí, en Andorra, ni devoción a sus sonidos tan arraigada.  Comprenden que mi piel no se erice en las procesiones de aquí, porque para mí, ¡Semana Santa, la de allí!. Me considero “ExtreMaño”, porque adoro la tierra que me da de comer, Extremadura, donde han nacido, además, mis tres hijos y donde siempre me han tratado de una forma exquisita, mejor de lo que quizás merezco al tener el “corazón partío”, pero no quiero olvidar, jamás,  mi tierra, Aragón, porque en ella tengo las raíces que me han permitido ser quien soy.

¿Cuáles son tus recuerdos sobre la Semana Santa de tu pueblo? ¿Qué ha cambiado respecto a entonces?

Mis recuerdos son los de mi propia vida.  Desde siempre he vivido la Semana Santa de una forma muy especial y he tenido la fortuna de pertenecer a una familia que me ha inculcado a vivirla de una forma muy activa.  No sabía casi ni andar y ya había salido en la Procesión del Jueves Santo en brazos de mi Padre. Sentía vergüenza de ponerme aquellos copetes infantiles, con la cara descubierta, mientras todos los demás la llevaban cubierta. Y todo el mundo nos reconocía en las Procesiones. <<”Ese es el zagal de la Manolica, “la Parras””>>, me señalaban.  Empezamos muy críos a tocar el tambor y subíamos a San Macario cuando se hacía  a las cinco de la mañana.  Tocábamos de un lado a otro de la Carretera, hoy Avenida San Jorge.  Mi prima Cuca y sus inolvidables vestidos de  samaritana. Las primeras procesiones con el capirote. El paso del tambor al bombo. La Rompida de la Hora en la Plaza de la Iglesia. La primera vez que te dejan empujar el Paso.  Aquella primera noche de Jueves Santo sin dormir. Aquella primera cuadrilla de amigos donde “La Palillera” era el  máximo exponente de nuestro limitado repertorio. La primera Rompida en la Plaza del Regallo. Aquellas inolvidables visitas a la bodega de mi amiga Mariví Espada, tras bajar de San Macario, donde dábamos buena cuenta de los exquisitos caldos que su padre coleccionaba. La primera vez que “conduces” el Santo. El bacalao de mi Tía Pilarín, hermana de mi madre, desalado durante toda una semana y que es, sin duda, el plato fuerte de la comida del Viernes Santo. La primera vez que sales en la Procesión con tu hijo en brazos. La cuadrilla que ensaya en el Olmo y que te sorprende con la calidad de sus interpretaciones…

Todos estos recuerdos que se agolpan en mi mente y que no podría plasmar,  ni aunque los escribiera en cientos de folios, son los mismos que siento hoy en día. Casi nada ha cambiado. Tan sólo, que tengo, eso sí, bastantes más años. Cada Semana Santa renacen todos y cada uno de ellos, como si nunca se hubieran producido. Y vuelven a mí, con la misma intensidad, con la misma fuerza y con la misma magia, permitiéndome volver a soñar como aquel niño que un día fui.

¿ Sueles acudir al pueblo en Semana Santa? ¿Cómo la vives?

Es una cita ineludible, una fecha reservada en el calendario, año tras año. Tan sólo motivos muy especiales, cuestiones de trabajo sobre todo, o alguna que otra cabezonería de quien compartía mi vida en aquellos momentos y que  no entendía que, SIEMPRE, tuviéramos que venir al pueblo en Semana Santa, me han “disuadido” de venir.

Vivo la Semana Santa como un andorrano más. De una forma trepidante, de un acto a otro. Desde que llego, casi siempre el miércoles por la tarde, hasta el domingo por la mañana que me voy, no hay tregua, no hay descanso, no hay respiro.  Es difícil no ser de aquí y comprender todo lo que pasa esos días. Desde el momento en que bajas el bombo de  la falsa, el Jueves Santo al punto de la mañana, hasta el triste instante en el que vuelves a colocarlo en su sitio, el Sábado Santo por la noche y lo miras con recelo para dedicarle ese <<”hasta el año que viene, compañero”>>, pasan tantas cosas en tu vida, vives tantas sensaciones, experimentas tantas alegrías, que hay que vivirlas, al menos, una vez en la vida, para tratar de comprenderlas.

¿Sigues tocando el bombo con tu cuadrilla de amigos? ¿Piensas que está algo en desuso esta costumbre?

Trato de tocar mi, ya, viejo bombo con ellos, con mis amigos, con los de siempre, porque para mí es muy gratificante comprobar cómo, año tras año, tratan de enseñarme esos toques que ellos han “creado” y que los ha convertido, como ya he dicho, en una Cuadrilla con mayúsculas.  Me encanta ir a su “rebufo” y tratar de tocar a su compás, pero no lo consigo casi nunca. Su paciencia, bien es cierto, no tiene límites y este año, seguro que volverán a acogerme como si tal cosa.

He notado que la gente menuda, los jóvenes, vienen pegando muy fuerte. Tocan de una forma magistral. Se nota que se está haciendo, desde la Junta Local de la Semana Santa, una labor indiscutible porque no muera esta forma de expresión nuestra  tan peculiar.  Y aunque a los de fuera, los ausentes, cada día nos resulte más difícil tocar, salvo en las Procesiones, donde con buen criterio se sigue respetando el toque de siempre, las cuadrillas de aquí, ejecutan unos toques preciosos. Da gusto oírlos tocar y da “envidia sana” ver cómo manejan tanto los palillos como la mazas.

Quiero pensar que esta costumbre no sólo no está en desuso, sino que está en auge. Quizás destacar que cada vez los bombos somos más escasos. Hemos pasado de la época en que la mayoría éramos bombos y en las Procesiones había dos filas de bombos en el centro,  a la actualidad, donde la gran mayoría toca el tambor y hay que espaciar los bombos para que no se vean solo tambores. Sería bueno que los estudiosos del tema evaluaran esta particularidad, porque está claro que sin bombos tampoco hay espectáculo. Reivindico, por la parte que me corresponde, la figura del bombo.

Perteneces por vinculación familiar a la cofradía del “Melero” (Jesús Atado a la Columna). ¿Qué supone para ti esta pertenencia? ¿Qué piensas sobre la participación de las cofradías en la Semana Santa andorrana?

Mi Cofradía lo es todo para mí. A la devoción de mi abuelo Vicente y de mi madre, por ser el  vínculo por donde nos ha llegado, se unieron mi abuela Agustina y mi padre, que si bien no eran “ Abellanes” de pura cepa, se sintieron así y nos transmitieron igualmente lo que  sentían por el Santo.   Y esta devoción, como ya he comentado en varias ocasiones, la llevaron más allá de su propia vida. En la lápida que los “custodia” en el cementerio, donde “descansan” los cuatro, está esculpida una copia de la cara de “nuestro” Cristo.  Creo que sobran las palabras.

Todavía permanece vivo en mi memoria el recuerdo de los dos “azoteros” que flagelan al Cristo, un sayón y un soldado romano, en la falsa de casa de mis padres durante todo el año, puesto que antes de la creación del Museo de la Semana Santa, las imágenes las guardábamos en nuestras propias casas. El Cristo, con esa belleza imperturbable pese al sufrimiento extremo que expresa, “vivía”, el año que nos tocaba a nosotros custodiarlo, en casa de mi Tío Luis y mi Tía Pascuala, concretamente en la alcoba de su hermana soltera, mi Tía Sagrario.

Aunque siempre he manifestado mi condición de no creyente, podrán imaginar que es fácil sentir “devoción” por esa Cofradía a la que he pertenecido desde mi más tierna infancia. Es, sin duda, una más de mis muchas contradicciones como ser humano, pero quizás quede resumido en esa “¡Bendita Contradicción!” que un día escribí y que siempre me recuerda mi cuñado Arturo, por si algún día llegara a olvidárseme.

En cuanto a la participación de las Cofradías en la Semana Santa es determinante e indiscutible. No podría concebirse, al menos para mí, la una sin la otra. Creo que con buen criterio se constituyó, en su día, la Junta Local de la Semana Santa, como Órgano aglutinador de todas las Cofradías, dándole el empuje definitivo y el carácter solemne que hoy tiene.

¿Consideras la semana santa andorrana una tradición?

Sin duda.  Si buscamos su definición más estricta, tradición es  “transmisión o comunicación de noticias, literatura popular, doctrinas, ritos, costumbres, etc., que se mantiene de generación en generación.”.

En mi Cofradía, desde antes de  la Guerra Carlista, en 1837, hasta nuestros días, varios Cristos, en concreto dos, han pasado de generación en generación, superando todo tipo de obstáculos, incluida la Guerra Civil Española de 1936 en la que se destruyó el primero de ellos. Tras dicha contienda, en 1942, el hermano de mi abuelo, el Tío Miguel y su hija, mi Tía Josefina, compraron en Barcelona  el Cristo que ahora “veneramos”.

Mis padres me transmitieron el amor que sentían por el Paso, el mismo que ellos  recibieron de los suyos y yo trato de transmitírselo a mis hijos, con la esperanza, el deseo y la ilusión que ellos lo hagan con los suyos. De padres a hijos, de generación en generación. Tradición.

En cuanto a mi afición al bombo, a mí no me viene de familia. Mis padres nunca tocaron y mi hermana, mayor que yo, tampoco fue un referente en esos menesteres.  Nació en mí,  sin saber cómo ni porqué.  Siendo muy jovencicos empezamos los amigos a tocar y hasta hoy. Es verdad que ser de aquí, de Andorra, te hace ver las cosas de otra forma. Te permite entender aquello que para otros, los de fuera, solo es ruido, estruendo o estrépito. De repente te encuentras tocando “La Raspa” con los nudillos en el volante, mientras esperas a que el semáforo se ponga en verde, o interpretando “Los Caballitos” con las palmas de las manos sobre las piernas, mientras te aburren los siete minutos de anuncios publicitarios frente a la televisión. No he sido capaz de transmitir a mis hijos, al menos a los dos mayores, mi afición por el bombo. Y no crean que no me hubiera gustado que ellos me acompañaran, pero cada uno es como es. ¡Qué le vamos a hacer!. Aunque, por mi parte, sé que “morirá” en mí esta pasión, tengo la absoluta certeza que en otras casas, no sólo habrá uno, sino dos o tres andorranos, de nacimiento o de adopción, en los que nacerá el gusanillo de esperar ese precioso instante entre el  Jueves y el Viernes Santo , maza en alto, en el que el silencio deja paso al “ruido hecho cadencia”. Tradición, una vez más.

¿Tienes algún acto concreto de nuestra Semana Santa que destaques especialmente?

Es muy difícil quedarse con uno. Todos tienen algo que los hace especiales. Esa primera  subida a la Plaza de la Iglesia para la Procesión del Jueves Santo, la multitudinaria Rompida de la Hora, la subida a San Macario a las dos de la madrugada, el Fin de Redobles del Sábado Santo,….

Si tuviera que destacar uno, me quedaría con éste último. Ese preciso instante en el que se acelera el toque hasta la extenuación; esa negación colectiva a parar de tocar; esa fusión de sensaciones entre individuos tan distantes el resto del año; ese aumento de las pulsaciones; ese reclamo de atención, palillos en alto desde el balcón del edificio de la Comarca, por parte del Presidente de la Cofradía del Cristo de los Tambores; esa forma singular de despedir el estruendo; esa milésima de segundo que separa el ruido, del silencio; ese sonido que se aleja hacia el cielo que nos contempla perplejo; ese silencio que se apodera de todo y de todos.

Es curioso como todavía hoy, hay personas en el pueblo que no han disfrutado de este acto. No hace mucho, hablaba con otros andorranos ausentes, que por diferentes circunstancias, regresaban a sus ciudades el sábado. Les animé a que lo vivieran ese año. No como protagonistas, donde se experimenta el auténtico éxtasis, sino como meros espectadores. Quedaron maravillados. Si impresiona el inicio de la  Rompida, sobrecoge la despedida del Fin de Redobles.

¿Crees necesaria la introducción de alguna mejora que potencie la semana santa de Andorra?

Creo que desde la Junta Local de la Semana Santa se está trabajando mucho y bien en beneficio de la consolidación de una fiesta singular declarada de Interés Turístico Internacional. Dejemos que sigan trabajando en la misma línea, con la misma ilusión, con el mismo buen criterio, con el mismo objetivo y apoyémosles, como no pude ser de otra forma, en todas sus decisiones.

¿Qué tiene la Semana Santa que suscita tanta participación popular?

En mi opinión, la popularidad estriba en que se ha conseguido fundir el carácter indiscutiblemente religioso de la Semana Santa, con la fiesta en sí. Esa “comunión” entre dos polos tan diametralmente opuestos el resto del año, creyentes y no creyentes, se hace palpable en estos días.

La Semana Santa la hacemos todos y para todos. Desde quien  guarda un respetuoso silencio al paso de las Cofradías, hasta aquel que no entiende nada porque no cree en nadie. Desde quien esos días no come carne porque así lo establece la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, hasta la más bulliciosa cuadrilla de amigos que beben cerveza mientras tocan, sin cesar, sus tambores y sus bombos a las puertas de cualquiera de los muchos bares de nuestra localidad. Desde el Párroco que procesiona detrás del Santo Entierro, hasta el cofrade más alejado de la espiritualidad católica.

¿Querrías añadir algo más?

Animar a todos los andorranos a que VIVAN la Semana Santa tal y como la lleguen a sentir. Desde la religiosidad unos, desde el respeto otros o desde la fiesta más profana el  resto.

Agradecer, una vez más, a la Directiva de la Cofradía del Cristo de los Tambores por mi propuesta como pregonero de este inolvidable 2017. Y a la Junta Local de la Semana Santa por su posterior ratificación.

Quisiera aprovechar este medio de comunicación, tan nuestro, para dar las gracias, por todas las muestras de cariño que hemos  recibido mi familia y yo, en estos días. Me siento tremendamente orgulloso de ser y de sentirme, andorrano de Andorra, sí,  la de Teruel.

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