Pregón
PregÓn
Pregón de Mª Asunción Blasco Adán
 
2010
 
No sé si a todos mis antecesores como pregoneros de la Semana Santa les ha pasado lo mismo que a mí, preguntándose: ¿Cómo es que me han elegido para tan ardua y honrosa tarea, habiendo tantos cofrades que visten la túnica y pregonan anónimamente con sus toques esta Semana Santa, año tras año? Sea como fuere es un auténtico reto, un riesgo, una responsabilidad y un gran orgullo que intentaré llevar a cabo lo mejor que sepa y pueda.

Comenzaré por los agradecimientos, por los más cercanos en el tiempo y por la confianza depositada en mí, a la Cofradía del Cristo de los Tambores y a su presidente, Ángel Lorenz, que fue quién me comunicó la elección una mañana, a mediados de febrero, dejándome tan sin palabras, que las compañeras de trabajo me preguntaron si pasaba algo, cuando colgué el teléfono. También a la Junta Local de la Semana Santa que hace posible este hermoso acto.

Pero he de alejarme en el tiempo, remontando incluso los momentos de la fundación de la Cofradía del Cristo de los Tambores en 1978, animados por mosén Pedro Ruiz, para llegar a 1940 y agradecer a otro párroco, mosén Vicente Aguilar, su interés por introducir, desde Híjar, una tradición que ahora tanto representa y define lo que es nuestra Semana Santa. Sin este hecho y el que protagonizaron tres jovencitos del pueblo: Tomás Gil, Eladio Blasco Tello “el Montaña” y Agustín Galve “el Floquicos”, que alentados por el cura y, “encorridos”, no digo perseguidos, por la Guardia Civil, salieron por primera vez, en la Semana Santa de 1940, a tocar el tambor en nuestra querida Andorra.

Uno de esos jóvenes es mi padre: Eladio Blasco “el Montaña”.

Pero entre esos dos referentes, 1940-2010, han pasado muchas lunas por encima de la torre y de la ermita de San Macario acompañando repiques y pasos.

Yo nací en una casa de la calle Mayor, el nº 31, en una ventana del segundo piso que da al rincón de la Iglesia de dicha calle, prácticamente debajo del campanario donde está el reloj que marcaba el inicio de la “rompida de hora” hasta hace unos años.
Con estos antecedentes creo que puedo decir que los tambores son “innatos” tanto en mí como en mis hermanas.
No tengo un recuerdo especial y concreto de la primera vez que salí a tocar el tambor, simplemente puedo decir que es,… desde siempre. Al lado de mi padre desde muy pequeña, enganchada a la túnica, en una plaza de la Iglesia más en penumbra que ahora, y por supuesto menos llena de gente, o en los porches algún año, supongo que por las inclemencias del tiempo. La entrada a la iglesia, con mi madre, después de irse los tambores de la plaza, para rezar muy en silencio, porque estaban haciendo “velas” en aquellos reclinatorios delante del Monumento, que se llevaban de algunas casas, o al menos de la nuestra uno que yo recuerde, de la yaya Valentina, tapizado en azul,…Sólo evocar estos momentos hace que se me recoja el alma y me invita a hablar quedamente…

Son imágenes fugaces, muy cortas, pero muy claras, en las que no había vuelto a reparar desde hace muchísimo tiempo, a no ser por este agradable acontecimiento.


Bien, Yo entiendo que puede resultar aburrido y reiterativo hablar siempre de los mismos gestos, repetidos una y mil veces en todas las casas: preparar túnicas, plancharlas, subir y bajar dobles (tarea de yayas, madres y tías), tensar tambores, revisar palillos y correajes (tarea de abuelos, padres y tíos),… pero creo que no sería justo no hacer honor a estos recuerdos y a las personas que los propiciaron y sin las cuales no celebraríamos, del mismo modo, nuestra Semana Santa.

Por eso me hace ilusión y me enorgullece pensar que no debe de haber muchas túnicas, terceroles y tambores, en el pueblo, que hayan acompañado a nuestros “pasos” desde hace tantos años, de forma ininterrumpida, como la túnica, el tercerol y el tambor de mi padre. Sólo un año ese tambor se quedó mudo, la Semana Santa de 1997, cuando murió mi madre, Angelina, y el dolor nos impidió a mi padre, hermanas, marido, cuñados e hijos, asistir a otro calvario, el de Jesús y su madre la Virgen.


En algún sitio he leído que el pregonero que se preciase había de ser fiel a la noticia transmitida, no había de ser original, ni improvisador, ni confuso. Si la noticia transmitida es mi vivencia de la Semana Santa andorrana, pretendo explicar que los sentimientos que me acompañan ante esta celebración siempre han tenido un elevado matiz familiar: desde pequeñas, en casa, como familia católica practicante que somos, se nos ha inculcado, por parte de padres y abuelos, respeto por esta tradición, además de ganas de vivirla con pasión, reflexión y unión, pero la vida va dando pasos y estos te llevan, a veces, fuera del pueblo, a unos más lejos que a otros (y no me refiero sólo a la distancia geográfica) y en esa lejanía se corre el peligro de olvidar tanto el momento “físico” de las procesiones y los tambores, como el sentido mismo de la Semana Santa.

De este último, y bajo un prisma personal, considero que, de las tres fiestas anuales más importantes celebradas en el pueblo, Navidad, Semana Santa y Fiesta Patronal, (todas son conmemoraciones de carácter religioso), la Navidad es celebración, la del nacimiento de Jesús, la fiesta patronal es agradecimiento, al patrón que vela por nuestro pueblo y por nosotros, la Semana Santa… me inspira recogimiento. Aún a pesar de ser la manifestación más externa de todas, la de mayor participación popular, la de mayor “ruido”, entre comillas, …, la palabra para mí es recogimiento, y con él, reflexión. Tengo la impresión de que de un modo u otro, tanto católicos practicantes, como no practicantes o no creyentes, interiorizamos el transcurrir de las imágenes de los pasos en las procesiones (desde la alegre “Burrica”, el “Angélico”, la “Columna”, “Jesús sentenciado”, la “Verónica”, la “Magdalena”, los “penitentes”, el Nazareno, San Juan, el Descendimiento, la Dolorosa, el Entierro, la Resurrección,…, hasta el sonido catártico y, necesario ya, de los tambores…) trasladándolo, a veces, a nuestras propias vidas, ahondando cada uno en su momento personal.

Llegado aquí, he de decir que, si cada instante, cada segundo, cada “paso” de nuestra Semana Santa está plena de emotiva intensidad y trascendencia, “mi” punto culminante siempre fue, y es, la procesión de la Soledad, sobre todo la llegada de la Virgen a la iglesia, en medio del “silencio” atronador de los tambores, arropada con nuestros toques, como deseando y esperando que el espíritu se “agarre” a algo,…, y se acaban los tambores y,…, se acaba ese “silencio”…

A veces, viendo la bella imagen de nuestra Dolorosa, pienso, no sé si por ser mujer, por ser madre o por ser hija, que el calvario de Jesús fue terrible, pero que las soledades y preocupaciones de muchas madres, mujeres e hijas, se convierten, por desgracia, en ocasiones, en auténticos calvarios.
Por eso creo también que es importante acabar la conmemoración de la Semana Santa con espíritu alegre y esperanzador (necesidad de todos los humanos), con el paso de la Resurrección, el Domingo de Pascua, y agradecérselo, de nuevo, a otro párroco, don Carlos Aragüés.


En cuanto a la otra separación, la física, puedo asegurar que en mi caso no se ha producido, a pesar de los veintidós años que llevo viviendo fuera del pueblo, gracias a un marido y a unos hijos que, aún sin ser andorranos, han hecho suya nuestra Semana Santa y, aunque no estén ahora mismo aquí, delante del atril, son los mejores pregoneros de nuestros sentimientos y costumbres allí donde van.
Como dicen ellos son “privilegiados” por conocer y participar en una de las grandes celebraciones andorranas: nuestra Semana Santa.
Desde pequeñitos y hasta el día de hoy, al comentar con sus amigos qué iban a hacer en las vacaciones de S.S., ellos siempre les explican que van a Andorra, de Teruel, a tocar el tambor: en la “rompida”, en la subida a San Macario y acompañando a los “pasos” en las procesiones, haciendo que , en argot juvenil, “alucinen” y envidien algo que, allí donde nosotros estamos, es difícil de vivir,…, y les enseñan y pasan vídeos por Internet, y les imitan toques con dos bolígrafos y una mesa,… No sé, pero creo que también les envidian la pasión y el sentimiento puestos en algo importante, algo de dentro, lleno, no sólo de religión sino de religiosidad, y que ahora no todos los jóvenes tienen en un mundo, a veces, deshumanizado y, a veces, falto de valores.


Explicado mi mensaje, únicamente quedaría despedirme, pero no sin antes “hacerme” una pequeña reflexión, extensible a todos, sobre los tambores: no deben de ser sólo una manifestación ruidosa, turística y paganizada cuando consiguen que año tras año y generación tras generación, sin cansarnos, nos reunamos con la familia, los amigos, las tradiciones,…, en unas fechas utilizadas por otros como ociosas vacaciones, para conmemorar una Pasión, la de Jesús, unida a la nuestra.

Y, si me permiten, como punto final, felicitar a todas las cofradías, a la Escuela de Tambores y Bombos, a la Junta de la Ruta del Tambor y el Bombo y a su presidente, Javier González Sediles, a nuestro alcalde Luis Ángel Romero Rodríguez, y a otras muchas personas, por su buen hacer en la divulgación y difusión de estos actos y tradiciones más allá de nuestros territorios propios, hechos que valoramos y reconocemos de una manera especial los que vivimos fuera, como ocurrió con mi familia el día 7 de marzo, en Sitges, al escuchar los toques de los nueve pueblos de la Ruta por sus estrechas calles, provocando la admiración de sus gentes y una enorme y contenida emoción en los aragoneses de más edad residentes en esa localidad.

Muchas gracias y que les acompañen mis mejores deseos para que puedan disfrutar de nuestras tradiciones con una sana convivencia y el punto de reflexión y recogimiento que cada uno precisemos en la Semana Santa.

Mª ASUNCIÓN BLASCO ADÁN
Pregonera de la Semana Santa Andorra 2010
 
Ver pregón
 
Volver
  Pregón de Mª Asunción Blasco Adán
 
JUNTA LOCAL DE SEMANA SANTA DE ANDORRA - C/ Escuelas, 10 - 44500 Andorra (Teruel) - Telf.: 978 843 462
Diseño, desarrollo y mantenimiento: Sedinet