Pregón
PregÓn
Pregón de Salvador Guallar Pérez
 
2009
 
Queridos convecinos:

Permitidme que así me considere —uno más entre vosotros—, porque aunque la vida me ha llevado a otros lugares, mi corazón —desde mi niñez— ha permanecido aquí.

Siendo así, me ha honrado profundamente que Ángel Lorenz me comunicara la deferencia que la Junta de la Cofradía del Cristo de los Tambores y Bombos había tenido con mi modesta persona al designarme como pregonero de la Semana Santa.

No puedo hablar en profundidad de ningún tema específico relacionado con la historia de nuestra Semana Santa, de ella sabré lo mismo que cualquiera de los que estáis aquí, y, desde luego, menos que muchos de vosotros.

Ahora bien —si me lo permitís—, os hablaré desde el corazón, de mis vivencias de la Semana Santa andorrana a lo largo de mi vida.
Desde mi infancia mis recuerdos van unidos a Andorra y sus celebraciones en estas fechas. Siempre se vivieron en casa de mis padres con intensidad. Ellos son miembros — hasta donde mi memoria alcanza—, de las cofradías de El Nazareno y de El Santo Entierro.

Alguno de los mayores aquí presentes quizás recuerde que la primera imagen de esta cofradía fue comprada por mi abuelo Mariano en el año 40. Recuerdo vagamente, entre mis evocaciones de la niñez, cómo la imagen era llevada a hombros en una peana de madera, entre el fervor de los asistentes.

Mis primeras procesiones fueron las del Domingo de Ramos. En esos días las madres se afanaban para que luciéramos nuestras mejores galas y estrenáramos alguna prenda. Se ha quedado prendido en mis recuerdos cómo, —cogjdo de la mano de mi abuelo Matías—, participaba muy orgulloso con mi ramo de olivo, que después era colocado en el balcón de casa de mis abuelos en la Plaza de la Iglesia, repitiendo el ritual cada año.

Siendo aún muy niño me incorporé, como cofrade, en las procesiones del Martes y Jueves en el Nazareno y el Viernes en el Santo Entierro. En este último paso los pequeños llevábamos una vela con una bombilla de pila por si nos quemábamos, ya que los adultos llevaban un velón con fuego natural, práctica que todavía hoy se mantiene.

A estas cofradías sigo perteneciendo, y con ellas hemos participado en las procesiones toda la familia y confío en que esta tradición se prolongue durante muchos, muchos años más.

Antes de comenzar las procesiones íbamos a casa de mis abuelos en la Plaza, lugar donde siempre se han guardado las túnicas y los demás atuendos para vestirnos, y que mi madre y mi tía María se habían preocupado de tener a punto. Siempre había que renovar el cartón de algún capirote, bajar los dobles y buscar guantes o fajines para que a todos no nos faltara ningún detalle. Y era allí, donde —tremendamente emocionados —, esperábamos el momento de la salida.

¡Cuántos recuerdos me vienen a la memoria! El primer tambor que tuve en las manos que había sido de mi padre y que procedía, como tantos otros, de la carpintería del Salvador el Sastre. Los primeros tambores con parche de plástico que llevaban José y Juan Monzón. Después, el primer bombo, comprado en Calanda, que aún conservo y que ahora lo toca mi sobrino Borja y mi último tambor comprado con Jesús Lorenz en Samper de Calanda.

Más tarde la primera procesión de los Estandartes y las siguientes, en las que la lluvia hizo durante varios años seguidos su aparición. Tan es así que un día, antes de salir, en la Plaza del Regallo, comentamos con el amigo Ángel que quizás sería bueno sacar los Estandartes en primavera para salvar las cosechas.

Tengo bien grabadas en mi memoria muchas emociones de los dos grandes momentos de la Semana Santa de aquellos años y que aún hoy en día vuelvo a vivir con la misma pasión: El romper de la Hora del Jueves Santo, que en mi niñez se producía en la Plaza de la Iglesia, haciendo retemblar los platos de la alacena de la cocina de la casa de mis abuelos.

Aquellos años la participación de tambores era menos numerosa, pero, poco a poco, han ido incorporándose nuevos miembros hasta convertirse en la actual concentración de bombos y tambores que suenan con vibrante fuerza en nuestros días. Miles de instrumentos que, que guardados en los altillos y baúles, tras ser tensados año a año, vuelven a la vida cuando los tamborileros con sus manos, dejan aflorar sus sentimientos más profundos. Y que —como un profundo gemido—, repicarán sin cesar hasta la tarde del Sábado Santo.

Ahora, cuando la muchedumbre que se reúne en el Romper de la Hora más multitudinaria del Bajo Aragón —en ese solemne momento—, inicia el redoblar de bombos y tambores, mi corazón vuelve a latir con el mismo brío que en mi juventud y, por qué negarlo, mis ojos llegan a humedecerse al igual que muchos de los que asisten a ese intenso acontecimiento.

Es un espectáculo sobrecogedor, difícil de explicar. En un lenguaje único y universal, bombos y tambores al unísono, rompen el silencio con un ritmo vertiginoso que nos hace vibrar. Es un estallido inmenso. Este hecho es lo que hace singular y personal a nuestra Semana Santa.

El otro gran momento es la subida a San Macario que con la aparición de la cofradía del Cristo de los tambores se ha convertido en una procesión espectacular.

Tras el Romper de la Hora, iniciamos el ascenso a la Ermita de San Macario. Bajo la oscuridad de la noche, se produce un espectáculo de una belleza impresionante. A lo largo de la ladera de la montaña un discurrir de luces de antorchas serpentean hacia la cima. Después de una oración, descendemos acompañando en su recorrido al Cristo de los Tambores.

Para reponer fuerzas, al pasar por la Plaza de la iglesia, damos buena cuenta de lo que mi tía María nos ha preparado, para luego con la cuadrilla tocar por el pueblo hasta bien entrada la mañana de! Viernes.

Y qué decir de la Procesión del Viernes Santo. Ya todos los pasos se han incorporado y ricamente engalanados realizan su recorrido junto con los tambores y bombos por las calles del pueblo. Desde las aceras, esquinas y balcones, miles de observadores contemplan en silencio emocionados.

Y los penitentes que, tras el relevo generacional de hombres como El Botero, el Rogelio y otros tantos que formaban parte junto a ellos, han dado paso a un nutrido grupo de participantes que dan un tinte especial a estos actos de nuestra Semana Santa. Al igual que la banda municipal de música que pone broche final a la procesión del Santo Entierro.

El silencio de los tambores retorna tras la procesión de la Soledad el día de Sábado Santo. En ese momento aflora el cansancio acumulado de estos días y también un vago sentimiento de tristeza al comprender que todo ha acabado.

Finalmente con el silencio, las túnicas, adornos e instru¬mentos volverán a los altillos, armarios y baúles y los Pasos y sus imágenes retornarán de nuevo al Museo de la Semana Santa.

Deseo hacer una especial dedicatoria a los mayores del pueblo que, con su entrega y apoyo, han hecho posible que la Semana Santa andorrana nos haya llegado con todas sus tradiciones.

A los jóvenes que, con su entusiasmo y empuje, han logrado que estas celebraciones hayan alcanzado el nivel que hoy tienen.
A los que como yo, están a medio camino entre unos y otros, que tienen vivo el recuerdo de años pasados y que quieren seguir manteniendo la llama viva.

A las entidades y personas que colaboran en la organización de los actos. También, dejar constancia del decisivo apoyo municipal y de la autoridad eclesiástica.

De igual modo quiero expresar mi reconocimiento a la Cofradía del Cristo de los Tambores, por la extraordinaria labor que están realizando en pro del engrandecimiento de estas celebraciones de honda raíz religiosa, llenándolas de contenido y sentido, como manifestación de nuestra más profunda manera de ser. Así como a la Escuela de Tambores y Bombos, por su trabajo y tesón.

Mi más sincera enhorabuena por el gran éxito de participación y por la perfecta organización de las Jornadas Nacionales de Exaltación del Tambor y Bombo celebradas el pasado mes de Marzo.
En fin, para mí, la Semana Santa andorrana por la belleza de sus Pasos, por la sobria elegancia de sus atuendos y, sobre todo, por la emoción que se comunica entre los miles de asistentes a sus actos es... incomparable.

Todos estos sinceros sentimientos que hoy he querido compartir con vosotros, he intentado transmitírselos a mi hijo Gonzalo y viéndolo con la ilusión con que participa en las procesiones, tocando el tambor junto a sus primos y amigos o, en ocasiones, empujando la peana del Santo Entierro, me hace pensar que lo he logrado.

Por último, deseo haceros llegar mi deseo de que todos podamos vivir en estos días toda la belleza de Semana Santa, con hermanamiento, tolerancia y paz, para asemejarnos, siquiera un poquito a Aquel que tuvo la inmensa generosidad de darlo, todo por nosotros, incluso la propia vida.

Mil gracias a todo.
 
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